Papá está leyendo

Domingo 7 de junio de 2020 | 00:30hs.

Por Olga Zamboni Escritora

Papá está leyendo. Afuera llueve y un cielo oscuro cubre el patio. Él me dice: “No sé qué pasa, no veo nada, mi vista anda fallando”. La vista. Pienso en los ochenta y nueve que cargan sus espaldas y esa manía de leer con poca luz artificial. Claro, hoy la del sol es escasa. No es tu vista, papi, es la luz. Dame que te limpio los lentes. “¡Si están limpios!” Dame lo mismo. Tomo sus lentes pesados, de marco oscuro y gruesos, turbios. Papi, cómo vas a leer con estos vidrios tan sucios. “¡Pero si están limpios! Dámelos, que yo me entiendo. ¡Es mi vista que está fallando!”.

Papá está leyendo. Momentos libres que apenas le deja su duro trabajo. Lee todo y de todo. Y sin lentes. Libros de medicina, para curarnos, para medicarnos en nuestras frecuentes dolencias de los años infantiles. Fiebres que suben, dónde está el termómetro, el paño con agua fría en la frente. Porque no hay médico en el pueblo. En un libraco gordo figuran los nombres de antibióticos (¿es que ya había antibióticos entonces?) Y en el otro, ese que espiamos cuando no nos ven, hay figuras de pústulas y partos, de esas partes del cuerpo que a nuestros ojos reprimidos y voraces encierran algo de malo. Los chicos miramos y nos asustamos. Son los libros de papá. Cuando enfermamos, lo vemos serio, inclinado sobre recetas de cataplasmas, baños calmantes, gárgaras, tés, tópicos, purgantes. Laurita mostró esa misma vocación aquella vez en que mamá se desmayó: más rápida que todos fue a traer el frasco de perfume y se lo puso en la nariz. Laurita, quién diría después. .

Papá lee La Nación, que viene de Buenos Aires por tren, llega con atraso tres veces por semana. Y lee novelas, muchas novelas. A Víctor Hugo, su escritor predilecto. Desde que tengo uso de razón sé la historia de Jean Valjean, al que persigue el injusto comisario por haber robado un pedazo de pan. Jean Valjean es su arquetipo heroico. De él extraerá consignas que aplicará en la vida: No desmayar en la adversidad, ser honesto a pesar de todo, no creer en la justicia de los hombres, la vida está llena de miserias. Cuando sea grande leeré ese libro, Papi, entretanto volvé a contarme la historia. Sí, sus escasos momentos libres son también para los cuentos que me cuenta, que nos cuenta, porque estamos todas entonces, somos cinco hijas, sus alegrías somos, y la vida es una sola en su trabajo ímprobo.

Papi, qué son estos escuditos con la cara de este hombre, y estos papeles impresos, ah, los tenés bien guardados. ¿De dónde dijiste? ¿Queda lejos la guerra?¿Se puede asesinar así nomás a un poeta? ¿Quién es ese Franco que odiás? Cuando sea grande voy a saber, decís. García Lorca, repito, y me queda el sabor de algo prohibido, entre lo oculto de ser republicano y algunas imágenes de lo que después, mucho después, conoceré como “La Casada Infiel” y que en la voz de mi padre afloran desde versos como “sucia de besos y arena” algo que no comprendo. Voy a decir de memoria algún día los versos de García Lorca. Mucho después. Voy a estudiarlo al poeta-bandera de la República. Voy a ir hasta Fuentevaqueros buscando su rastro. Muchísimo después. Ahora, “éste es un loco”, dice mi madre, y con un dedo señala, mitad en serio, mitad en broma, a mi padre. “Vos eras un bebé”, le dice a Laurita, “y él te hacía jugar con las hojas grandes de los diarios, vos no los rompías, vas a ser como la Pasionaria, te decía”. “Me pregunto”, sigue contando mi madre en algún momento, “si la ayuda que mandaba con tanto afán habrá llegado a España...” “Para lo que nos sirvió tu idealismo” le dirá después, “ahí la tenés a tu hija”. Y tal vez agregue una y otra vez, siempre que la violencia suma en negruras alguna parte del globo, “Mirá para lo que sirven las guerras, mirá las caras de esos chicos, el hambre, los huérfanos” (y pueden ser de Tanzania o de Bosnia, de Colombia o de nuestros niños muertos en Puerto No Argentino...) Qué diría ahora viendo los niños de las villamiserias de este país deteriorado...

Pasionaria o no, fue la mayor de sus hijas la que tuvo el destino de Federico, el poeta cuyo rostro nos miraba desde los escuditos. Laurita, la única, estudiaba en la capital, seguía tu inconsciente vocación, papi, ya estaba en las prácticas en el hospital de clínicas, no pudiste nunca saber qué pasó. Simplemente fue su ausencia. La hija doctora no pudo volver, no le dejaron, se perdió en los laberintos del nunca más, que sólo fue cruzado por una amiga mucho después cuando le trajo algunas noticias de los que habrían sido sus últimos pasos. Supo así que también le era negado el consuelo de un nieto, cuya existencia quedó siempre en las conjeturas de lo que pudo ser, qué pudo haber pasado, qué le hicieron, pobre, lo que debió sufrir.

Papi, me dejás que vaya con vos esta noche a pegar carteles y pintar en las paredes. La voz de Laurita, la única, implora desde su corta edad. Sí, dejame ir, cuando sea grande yo también voy a pelear contra los tiranos, te voy a ayudar para que no te hagan ningún mal, y si te llevan preso te voy a ir a sacar. Sí que puede, y allá se van los dos, la hija guerrera y viva la libertad. Y yo me preguntaba, papi, por el nombre que elegiste para nuestra calle, Libertad, aunque en este pueblo las calles no tienen nombre. Libertad 13, ¿por qué, papi, te gusta el número 13? La cábala, después lo sabré, los azares significativos, todo eso llegará con las nuevas teorías físicas, todo eso del pensamiento complejo, cuando sea muy muy grande, cuando pase el tiempo y vos, Papi, ya no estés. Y yo siga eligiendo el 13, en mis trece.

Su último entusiasmo fue ir a votar, a elegir presidente por primera vez después del largo proceso. El día había amanecido con lluvia. De punta en blanco, esperó con una ansiedad alegre que lo lleváramos a su mesa. Reencuentro con el espacio en el que había luchado tanto. Siempre hacía de fiscal general allá en el pueblo, se pasaba el día en el comité, llevando y trayendo gente, y eran andanzas hasta el escrutinio final. Nunca pudo ganar una elección. Ahora esta sí, la de la democracia. Todavía cree en ella. Aunque el precio pagado por ella fue muy grande: una hija. El voto será también por ella, que no alcanzó a votar. No le dejaron.

Papá está leyendo. Se han muerto las ideologías. El fin de la historia, todo eso. Él sigue leyendo. Su amistad con el silencio y su sordera. La política, tan diferente de la que latió en sus acciones allá en el pueblo. “Ah, no, hoy todos son la misma cosa, hoy la palabra no tiene fundamento. El mundo está cambiado. ¿Votar yo? Ya no...” Sus ojos cada vez más apagados. Su piel traslúcida. Su voz vacilante. “Mi partido me ha abandonado, hoy todos son la misma porquería, como en el tango, cuánta razón tuvo Discépolo”.
Recuerdo las veces que le oí cantar a papá aquel “yira yira”, porque antes, como no había radio, la gente mayor cantaba en sus casas... Papá cantaba tangos mientras trabajaba: “Cuando rajés los tamangos, buscando ese mango, que te haga morfar....”

Papá está leyendo. Tres diarios al día a sus ochenta y pico. Ya no la sección de política. Su presidente en el que creyó hizo abandono del cargo. “Todos son lo mismo”. Lee, sigue leyendo. Los hechos diariamente marchan por el lado opuesto al de sus palabras, de sus creencias de siempre, en su modestia honesta, en su alegría de darse. “El mundo fue y será una porquería yalosé”. Hay decepción en la metáfora insultante, poco frecuente en su boca si no es desde el verso de Discépolo. “El mundo está virado, lo han dado vuelta”. Y por nada de ese mismo mundo permite que le limpiemos sus lentotes gruesos y turbios.

Gruesos y turbios. Papá seguirá leyendo en alguna estela de la energía cósmica invisible que me trae su imagen y sus infinitas leguas humanas de conducta, de decencia. Su voz parece seguir sonándome en los oídos. Y allá en el fondo, más lejana, la imagen del Laurita con el frasco de perfume y con sus luchas que no llegué a conocer. Hoy, en que debo ir a votar y sólo el blanco, el antivoto, el voto bronca, se me aparece como posibilidad posible.

Papá, ¿estás leyendo desde ese punto del universo los diarios conflictos de nuestra complicada elección de hoy? ¿Descubriste por fin la razón por la que las antiguas utopías se murieron? ¿Vendrías a limpiarme los lentes que ahora, y no sé por qué –o sí sé- se me han súbitamente empañado? Olga Zamboni fue miembro de la Academia Argentina de Letras con extensa obra publicada en el género lirico, narrativo y dramático.

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