Memorias del acordeón

Martes 8 de enero de 2019 | 01:00hs.
Silvia Godoy

Por Silvia Godoy sociedad@elterritorio.com.ar

Sergio Tarnowski (37) se presentará por primera vez con su banda en el Festival Nacional del Chamamé en Corrientes el próximo lunes. El acordeonista subirá al escenario Osvaldo Sosa Cordero con Jorge Domínguez en guitarra, Juan Lery Duarte en bajo, Darío Vega en batería y la voz de María Eugenia Gallardo.

El artista apostoleño, en diálogo con El Territorio, relató que el anfiteatro Cocomarola, sede del convocante evento cultural, no le resulta para nada desconocido. “En 1997 nos presentamos por primera vez como Los Hermanitos Tarnowski, con mi hermano y hace diez años que estoy presente, pero como músico invitado de otros proyectos, esta vez será muy diferente porque presento una banda con grandes músicos y con la bellísima voz de María Eugenia”.

Con más de una década musiqueando, la senda le ha llevado por diferentes lugares, incluso hasta Japón en 2017. En cada oportunidad difundió la rica historia de diversidad cultural que guarda el chamamé en cada acorde. Recientemente fue ovacionado en el Festival Nacional del Litoral en Posadas, en noviembre pasado.
Para el presente año proyecta un nuevo disco, “el último trabajo es de 2016, así que creo que es hora de ir dando forma a un nuevo álbum, eso está en la agenda de este año y también claro, seguir tocando chamamé, esa música que es pertenencia, raíz, ante todo”. Tiene dos discos, Hermanitos Tarnowski (1997) y Conexión al interior (2016) y participaciones con otros artistas.

Le esperan, además, el Festival de Artesanías en San Miguel, Corrientes, y el Festival Nacional del Auténtico Chamamé Tradicional en Mburucuyá, también en Corrientes en febrero, entre otras presentaciones.

De formación folclorista, Tarnowski a la vez comparte el proyecto de Batería Legal, una agrupación pop con influencias brasileñas. “Es algo que me encanta, yo le aporto el acordeón que hace que las canciones suenen como más sertanejas o gaúchas, es un aire muy festivo y a la vez muy regional. Es un grupo de amigos y la música es una fiesta”.

Cuna del acordeón

Tarnowski creció oyendo las melodías del acordeón en su querida Apóstoles. “En cada baile, en cada patio, en donde sea siempre había sonando un acordeón y la gente bailaba, reía”, relató. De su familia sólo pudo ver a su abuelo ejecutar de vez en cuando su viejo acordeón. “No recuerdo que en mi familia haya músicos y mucho menos profesionales, mi abuelo tocaba de vez en cuando, eso lo recuerdo muy bien, pero en verdad es que elegí este camino de la música desde muy chico y casi todo lo aprendí como autodidacta y preguntando y mirando a los músicos de mi tierra”.

Cuando tenía poco menos de ocho años tomó clases -unos tres años-, luego se soltó solo, con su curiosidad como hoja de ruta. La Capital de la Yerba Mate es madre de maestros de este instrumento de viento con corazón de fuelle: Rulo Grabovieski, Chango Spasiuk y el fallecido Luis Ángel Monzón -hijo adoptivo de Apóstoles-.

“Yo digo que Apóstoles es tierra de acordeonistas, algunos enormes y otro quizás no tanto son amateurs, pero lo que importa es que todo el mundo toca el acordeón y de esta forma vive. Yo crecí admirando a Monzón, que era de Eldorado pero vivió en Apóstoles y Concepción, era gigante, también al Chango y a Rulo, yo los miro, los escucho tocar y son tipos que emocionan”.

“Lo más importante, el legado más inmenso de estos músicos es que el acordeón sigue sonando, que está vigente, que en Apóstoles es parte de la vida cotidiana porque vino con los inmigrantes pero al mismo tiempo se fusionó con la gente de esta tierra, con los pueblos preexistentes, con la vasta región que es de donde venimos que comprende todo el Litoral, Sur de Brasil, Paraguay, algo de Uruguay. Entonces el chamamé cambia un poco, como todo cambia, pero mantiene en su esencia ese aporte multicultural que es nuestra esencia”.

En este sentido, explicó que actualmente elige tener una banda con batería y bajo. “Es una elección, entonces así el chamamé casi que tiene el mismo formato que una banda pop, pero no deja de ser chamamé, ese idioma que atraviesa fronteras, aún sin palabras”, explicó. Y añadió que “el Chango, por ejemplo, un tiempo sonaba casi como rock, luego volvió al sonido más tradicional con cuerdas y percusión de madera, ahora está en una búsqueda más electrónica, según le escuché decir, y es que la música es eso, una búsqueda constante”.

Para el instrumentista esta exploración está dirigida a resistir ante la globalización recordando que cada región tiene características identitarias únicas. “Yo no creo que haya una temática única para hacer música, un móvil. Pero estoy convencido de que los músicos que intentamos hacer folclore tenemos un rol, una función de recordar a la sociedad nuestras raíces. En un mundo globalizado, donde nos quieren mostrar que todos somos iguales, el folclore rescata raíces, paisajes, olores, recuerdos de infancia que son como un idioma que comparte una región, una manera de ver el mundo que quizás tiene que ver con el clima. Por ejemplo, los misioneros dormimos la siesta, hace 40° grados en verano, llueve mucho y esa lluvia alimenta los ríos y las grandes cascadas y la música viene un poco de ahí”.

Reflexionó que “creo que el folclore, el chamamé es resistencia, pero no entendido como oposición o aislamiento a un mundo que es cada vez más convergente, sino una resistencia a que la historia se olvide, una voz que dice somos esto, tenemos memoria”.


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