Madrid

Domingo 2 de diciembre de 2018
Gonzalo Peltzer

Por Gonzalo Peltzer gpeltzer@elterritorio.com.ar

Me horrorizan los que se horrorizan porque la final de la Libertadores se juegue en Madrid (lo digo sin ningún ánimo de ofender a los que lo piensan o lo dicen). Lo que debería horrorizarnos es que no podamos organizar un partido de fútbol. El argumento que dan algunos periodistas que parecen serios es de argentinos varados en la adolescencia: cómo vamos a jugar justamente la Libertadores de América en la capital del reino del que nos liberamos… como se ve, la histeria colectiva no tiene límites y es capaz de conseguir que tampoco se pueda jugar en España. Hay que agregar que el razonamiento adolescente argentino es bastante habitual y que no es ni inteligente ni adulto, pero sobre todo que padece del nacionalismo estúpido que teníamos los adolescentes en 1969 (pido perdón de nuevo a los que lo pensaron o dijeron, y sobre todo apelo a su buena voluntad para corregir los errores).
Los españoles de la Argentina no somos descendientes de Cisneros ni de Sobremonte, somos Pérez, Rodríguez y Fernández y ya sabemos que descendemos de los barcos como los Tagliapietra, los Spaciuk, los Zbicowski, los Sagemuller, los Yunis, los Karadagián y los Cohen. Pero además, los que recibieron a nuestros antepasados eran también inmigrantes, solo que habían llegado unos minutos antes. Con ese razonamiento tendríamos que haber rechazado los barcos que venían cargados de González y García y ahora da lo mismo si venían colados los Sobremonte o los Cisneros: los querríamos igual porque venían para salvarse del hambre y para hacer grande un país, pero sobre todo venían con sus sueños a cuestas, como cualquier inmigrante. Queríamos igual a los gallegos que a los polacos, ucranianos, alemanes, rusos o turcos, porque teníamos –ojalá todavía tengamos– el corazón grande como la Patria.
Madrid es, después de Barcelona, la ciudad de Europa con más argentinos; luego vienen otras ciudades españolas y mucho después aparece cualquier ciudad no española, empezando por las italianas. La inmensa mayoría de los argentinos que emigraron a España no emigraron: volvieron sobre los pasos de sus abuelos y viven en España con todo derecho porque son tan españoles como los que nunca se fueron y tan argentinos como los que nos quedamos aquí. Me dirán –con razón– que hicieron trizas el sueño de sus abuelos; puede ser, pero no les niego todo el derecho a volver porque la aventura de los migrantes es dura y el sueño se prolonga por varias generaciones.
Hay unos 300.000 argentinos viviendo en España. No se los llevó el rey como esclavos para sus plantaciones de alcornoque; están allí porque son libres de elegir y eligieron vivir en España porque creen que es mejor para ellos –y para sus hijos y nietos– que vivir en un país que no puede organizar ni un partido de fútbol. La Argentina viene de frustración en frustración y las frustraciones provocan emigrantes, del mismo modo que el hambre y la falta de sueños provocó la de nuestros abuelos de toda Europa y Medio Oriente. La emigración de argentinos a España es una señal terrible que deberíamos leer mejor: es la señal del sueño truncado de nuestros antepasados y de lo frustrante que resulta para muchos vivir en el país que soñaron sus abuelos y que ahora es incapaz de organizar un River-Boca.
Decía que me resulta histérica y adolescente la xenofobia que aletea en el comentario sobre la sede de la final de la Libertadores. Los sucesos de la Independencia no empañaron para nada esa condición entre otras cosas porque los libertadores eran tan españoles y tan americanos como aquellos de quienes nos liberábamos: América no se independizó de los españoles; se independizó de la tiranía y del absolutismo de la corona española de aquellos años. Desde entonces –como antes– un español se siente en su casa en la Argentina y un argentino se siente en su casa en España. No hay otro país con lazos más fuertes con la Argentina, tanto que desde siempre llamamos a España la Madre Patria, que es un título bien adquirido. Decir otra cosa es fruto de la ignorancia, de la histeria y de la adolescencia colectivas, las mismas que nos impiden organizarnos como nación y también organizar un simple partido de fútbol entre River y Boca.

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