Las Misiones de Chiquitos, otra exitosa experiencia misional de los jesuitas

Jueves 29 de noviembre de 2018
Alfredo Yaquinandi

Por Alfredo Poenitz Historiador

La cercanía con las ruinas de aquellas formidables ciudades de piedra construidas por guaraníes y jesuitas hace ya cuatro siglos nos involucra demasiado a esta experiencia misional, la más importante de la Iglesia en tierras hispanoamericanas. Pero es necesario saber que no fue la única exitosa aventura de los Padres de la Compañía de Jesús por estas tierras del sur sudamericano.
Tan importante como la historia de los 30 pueblos de la Provincia del Paraguay fue la cristianización de los indios Chiquitos en el este de la actual Bolivia, cerca de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Un poco más al Noroeste también se desarrolló otro capítulo brillante de la historia evangelizadora de los Jesuitas en la Paracquaria, la labor misional con los Moxos.
En la Chiquitania florecieron 10 pueblos a partir de la década de 1690, es decir 80 años después de fundada la Provincia del Paraguay.  En aquellos tiempos, estando los pueblos guaraníes en pleno florecimiento, los jesuitas, preocupados en llevar el Evangelio a todas las regiones, se dirigieron al interior del Chaco paraguayo con la intención de incorporar a los Chiriguanos al proceso evangelizador. Pero este objetivo fue desviado hacia los Chiquitos, aparentemente motivados por el gobernador de Santa Cruz, don Agustín de Arce quien prestó la ayuda necesaria para tal fin.
En 1691 dos religiosos, el P. Francisco de Arce y el Hermano Antonio de Rivas recibieron la orden del P. Provincial del Paraguay, Gregorio Orozco, de recorrer la región de los Chiquitos partiendo de Santa Cruz hacia la ribera del río Paraguay donde se encontrarían con otros 7 Padres de la Compañía. El objetivo era hacer efectiva una conexión fluvial entre los Chiquitos y los pueblos de guaraníes. Esa expedición fracasó por haberse realizado en época de persistentes lluvias. Pero permitió una mayor estancia con los Chiquitos quienes atravesaban momentos de angustia por una grave epidemia de viruela. La buena disposición de estos dos religiosos permitió la fundación del primer pueblo entre estos indígenas, en ese mismo año de 1691, dedicado a San Francisco Javier, uno de los fundadores de la Compañía. Con el tiempo la Provincia de Chiquitos, fundada a partir de este primer pueblo, contaría con otras nueve misiones: San Rafael (1696), San José (1698), San Juan (1699), Concepción (1709), San Miguel (1721), San Ignacio (1748), Santiago (1754), Santa Ana (1755) y Santo Corazón (1760).
Estos pueblos crecieron y se desarrollaron durante el siglo XVIII siguiendo los dos principales objetivos de los jesuitas: la europeización material de los indios y su cristianización. La expulsión de 1767 encontró a estas comunidades en pleno apogeo. Pero, al igual que lo ocurrido entre los guaraníes, en muy poco tiempo se produjo un proceso de desintegración. Pueblos como Concepción, uno de los más importantes, que llegó a tener más de 4000 habitantes en la década de 1730, al momento de la expulsión contaba con unos 3000 indios. Pero dos décadas después, en 1791 los habitantes habían descendido a 1500.
Ocurrió que los pueblos se transformaron en encomiendas, es decir al servicio de funcionarios, dignatarios eclesiásticos y gobernantes españoles. Los indios cayeron bajo la servidumbre de las autoridades españolas. La producción decayó hasta el punto de que los pueblos no cubrían las tasas necesarias para el mantenimiento de los  funcionarios. Muchas familias jóvenes se fugaron de los pueblos.  Y aquellos que quedaron sufrieron la dependencia de las autoridades locales. De los abusos de autoridad hacia los indios y de los enriquecimientos personales de los funcionarios existen gruesos volúmenes de documentos. Esta situación se agravó hacia 1850 cuando los indios chiquitanos fueron liberados del servicio comunitario pero sometidos a una nueva expresión de vasallaje al ser  distribuidos para los “servicios personales” de los hacendados y mineros de la zona.
Una historia, en definitiva,  muy parecida al destino de los pueblos guaraní-misioneros después de la expulsión de los Jesuitas. Pero existe una enorme diferencia entre la suerte corrida por los pueblos chiquitanos y los guaraníes. En la Chiquitania no existieron luchas y guerras como las que desangraron y destruyeron Misiones después de la Revolución de Mayo. En las misiones bolivianas los pueblos no fueron arrasados, incendiados, destruidos. Allí los pueblos pasaron por épocas de abandono y reocupación, pero no quedaron en ruinas. Ello ha permitido que hoy algunos de esos pueblos hayan sido restaurados y considerados por la Unesco como patrimonio cultural e histórico de la Humanidad y sean uno de los mayores atractivos turísticos de Bolivia.

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