La rueda cuadrada

Domingo 7 de octubre de 2018
Gonzalo Peltzer

Por Gonzalo Peltzer gpeltzer@elterritorio.com.ar

Esta historia comienza cuando el presidente Carlos Menem le vendió armas a Croacia, a pesar de un embargo internacional, pero amparado por los Estados Unidos (dicen que sin esas armas Croacia nunca se hubiera independizado y Luka Modrić hubiera jugado para Serbia). Luego Menem se engolosinó y también le vendió armas al Ecuador, cuando ese país se probaba los guantes para darse unas piñas con el Perú por un conflicto limítrofe amazónico. La macana es que las vendió en secreto (también había embargo), sin permiso y al eterno enemigo de nuestro eterno amigo: trianguló dealers, mareó con el delivery y para colmo intentaron borrar rastros volando la fábrica militar de Río Tercero. No quiero ni pensar la plata que embolsaron los que estaban en la cadena, pero también debo advertir que, por más sucias que sean, esas cosas son resorte del Presidente de la Nación. Menem cometió peores tropelías y me basta con la desamortización forzada de la inversión de 100 años de los ferrocarriles argentinos, por los que merece la extradición a Mongolia.
Ocurre que la semana pasada la Sala 1 de la Cámara de Casación Penal de la Nación decretó la absolución de Menem por esos delitos, que tenían una condena firme de siete años de prisión, por ser de imposible cumplimiento debido a la demora de ellos mismos y a los fueron parlamentarios de Menem (tiene 88 años y será senador por lo menos hasta los 93). Pero no fue lo único que ocurrió la semana pasada…
Resulta que un tal Germán Garavano, que curte de ministro de Justicia de la Nación, dijo que “nunca es bueno, y no puede ser nunca bueno para un país, que un ex presidente esté detenido o se le pida su detención, por el hecho en sí y en principio se debería pensar que no debería haber sospecha de que esta persona se fugue o que vaya a entorpecer el accionar de la Justicia”. La frase podía referirse tanto a Carlos Menem como a Fernando de la Rúa, pero se refería a Cristina Fernández de Kirchner, que anda con problemas parecidos a los de Menem, también amparada por sus fueros de senadora.
Bueno: ardió Troya. Lilita Carrió se puso loca con esas declaraciones y casi pide juicio político al ministro de Justicia. Dijo textual en sus cuentas de redes sociales: “Estos dichos de Garavano son una vergüenza para la República y la división de poderes. Puede estar emparentado también con la impunidad de Menem en la Cámara de Casación. Si esto es así es pasible de juicio político”. Lo de Lilita no es nuevo ni viejo: es lo que hace siempre, pero lo extraño esta vez es que Lilita está del lado del jefe de Garavano.
Cada vez que el Gobierno nacional intenta arreglar los entuertos más o menos normales de su administración le echan la culpa a los palos que mete la oposición en las ruedas de la bicicleta. Puede ser que haya algunos de esos palos puestos arteramente por los chicos K, pero advierto que los meten entre los rayos de una rueda de bicicleta de payasos de circo. Hoy la rueda cuadrada se llama Marcos Peña, el Jefe de Gabinete de Ministros del gobierno de Mauricio Macri: su mano derecha y también su izquierda y bastante también su cerebro…
Ocurren estas cosas por la sencilla razón de que el Primer Ministro (ya sé que no se llama así en la Argentina) es el primero entre sus pares; imagínese el nivel de los que están debajo de Marquitos Peña. A Peña le falta seniority, pero también unos 500 libros: cultura política; saber cómo funciona el mundo; conocer la historia, la economía y los códigos de la opinión pública… y le sobra Twitter, Facebook e Instagram. Es lo que nos cuenta la historia de la pelea de Garavano con Lilita Carrió. Y no es el único ministro mediocre: hay unos cuantos, pero por suerte no me queda espacio… baste con decir que son a la medida de Peña y que esa medida es muy chiquita.
Hay mil cargos más adecuados para darle a la mano derecha, a la izquierda o al ideólogo de un presidente… y si no hay se inventan. El Jefe de Gabinete de Ministros, en cambio, debiera ser una persona capaz de manejar a los grandes capos que tienen que dar vuelta la Argentina hasta convertirla una república viable, y eso se hace con un flor de gabinete y no una manga de mediocres que no le hagan sombra a Peña.

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