Los mingitorios de Timberland

Viernes 21 de septiembre de 2018
El pétreo Casino de Mar del Plata puede albergar en alguno de sus recovecos un confesionario a capella. No hay como el baño de Hombres: es un reparo del Purgatorio, antesala  casi siempre de la bancarrota. El baño es “el detrás de bambalinas” de los actores de reparto, apenas se oyen, lejanos, los  cascabeles de las tragamonedas, las maracas de las fichas rastrilladas, el zumbido de 500 naipes mezclándose. Puertas adentro, los mingitorios pueden ser el muro de los lamentos. Allí los hombres apoyan una mano en la pared azulejada y desgranan pesares, suerte esquiva, azar declinante, casi en resignado tono religioso.
-Yo no tengo perdón de dios, dice uno, le pedí dólares prestados a un amigo para ver si puedo pagar la tarjeta. Hace dos horas que la estoy peleando y  todavía no aparece la racha de suerte. Y el dólar sube…
Otro dice: yo le regalé una moto a mi mujer y me atrasé con las cuotas, si no pago este mes, se la sacan…
Otro comparte con tono de matemático un desvío de las probabilidades y con tono épico el único acierto de la noche, otro con tono desahuciado la osadía de que “me cantaran Cero tres veces seguidas”.
Expresadas las culpas y alzada la deprecación al cielo justificando los méritos del objetivo y de la martingala, los timberos pasan por el lavabo, al seca manos (no los reflejan los espejos) y vuelven al gastado escenario, sonoro, encandilante de luces imbéciles.
Vistos una vez a los desesperados mártires es fácil reconocerlos en la obstinación de la causa perdida: al de la tarjeta vencida, se les resecan los labios, se alisa el rictus, suda, fuerza la telepatía invocando al amigo prestamista, el otro, ya condenado a tener que devolver la moto de su mujer, tiembla de espanto cuando le llevan la última ficha, al punto que, fingiendo una pausa, se sienta en un sillón a madurar el suicidio.
En Timberland, mítico peñón de sálvese quien pueda, paraíso ficcional en el primer piso del Casino Central, los náufragos generan buena parte del PBI.

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