La corrupción latinoamericana

Viernes 17 de agosto de 2018
La corrupción sólo disminuirá el día que se entiendan algunas reglas básicas de la democracia de buena calidad, no de cualquier democracia. O se trabaja para democracias íntegras o sólo tendremos alternancia de actores políticos y, en el fondo, todo seguirá igual.
El primer objetivo es acotar la discrecionalidad del Estado (representado por los gobiernos de turno) a límites nítidos y con trabajos de auditorías externas (nunca nacionales) que certifiquen que lo que se gasta (con el dinero ciudadano, en carreteras, represas, puentes, obras de saneamiento o lo que sea) se haga de manera ajustada a la ley. Es sencillo entender esto, pero muchos países creen que ellos se pueden autocontrolar en sus compras y sus gastos con instituciones propias. No pueden. No lo hacen bien. Siempre la zona del conflicto de interés existe y se cuela por algún lado el amiguismo o la corrupción, que para el caso son lo mismo. Cuando el control lo hacen las propias instituciones del país, el inevitable desviacionismo opera. Luego es tarde.
La opacidad ambienta la corrupción, por eso la transparencia real es lo único que nos salva del robo, de la asociación ilícita y del tráfico de influencias. Es simple. Los países más transparentes pueden vivir en el libre mercado sin necesidad de corromperse bajo las reglas de un capitalismo prebendario. China no es el modelo; lo son Finlandia, Noruega, Suecia y Dinamarca.
Lo segundo a realizar es tener un sistemas de Justicia y de fiscalías que operen de manera autónoma, sin subordinación con el Estado (y con el gobierno de turno que administra al Estado). Solo así, con fiscales de estatura moral y jueces de alta calificación, las democracias se robustecen.
Si el modelo de Justicia, además, es inquisitivo, antiguo, vengativo y no se moderniza a un modelo acusatorio abierto, oral y público, entonces seguiremos entre bambalinas con el reclamo de justicia verdadera en la región. Y no permitamos que la Justicia baile al son de la influencia directriz de los gobiernos de turno. Eso tampoco es justicia, es revancha jurídica de ocasión.
No se trata de juzgar a los que se van y mirar para el costado a los que mandan actualmente, se trata de que todos sepan que son pasibles de ser objetados si envilecen la democracia. Esa es la máxima a potenciar. Todo lo demás son palabras. Y el poder, en realidad, debe estar en manos de las fiscalías, que son las dueñas de la acción penal y representan al la ciudadanía total. La legitimidad en ellos es la ley. Y la ley sirve si hace justicia, de lo contrario no es verdadera ley, es solo retórica vana.
Seamos sinceros, los grandes países de toda América están todos (o estuvieron) carcomidos por la corrupción desde hace décadas. México, Brasil, Argentina y Venezuela, todos con partidos políticos y sistemas de partidos políticos diferentes. Todos, sin embargo, son ejemplos vivientes de lo que no se debe hacer en materia pública. Las izquierdas saquearon igual que lo hizo la derecha. La corrupción no tiene una agencia internacional, pero operó con un modelo que se replicó de manera perfecta con la misma matriz en todos lados. La prebenda, la coima, la mordida, como se la quiera llamar, fue la reina en esas sociedades. Por suerte ahora, todas esas modalidades empiezan a morir lentamente como hijas bastardas de la mala política. Es que son la mala política.
En México se empieza a creer, por estos días, que el modelo del combate a la corrupción se puede hacer con una agencia internacional que aterrice en el país y despliegue su accionar justiciero para así ir construyendo prueba contra los corruptos. Es un planteo harto infantil, porque no entiende que las cesiones de soberanía no se hacen a través de agencias internacionales. Simplemente: no se hacen. En todo caso, las agencias internacionales ayudan a potenciar a las fiscalías locales. En Centroamérica esa modalidad ha funcionado con niveles de éxito en algunos países.
Ese es el ejemplo internacional a entender, pero siempre es el propio Estado el que debe acusar y hacer el reproche penal. No se puede trasladar una responsabilidad inherente al Estado creyendo que un tercero externo puede acometer semejante competencia. El combate a la corrupción de cada país no es un diferendo a ser sometido en la Corte Internacional de la Haya donde van los Estados por reclamos que les son propios. Es la Justicia de cada país la que debe encontrar su recorrido, dentro de su derecho interno, para cumplir con la justicia local, en los casos internos de cada lugar. Por supuesto que la legislación, previamente, o sea, la buena política, debió abrir el paso para que haya un marco jurídico y un protagonismo punzante que permitan avanzar en las investigaciones y encontrar la verdad.
Por estos días Argentina nos demuestra que, a pesar de todo, se puede creer en el recorrido que hace la Justicia. Con vericuetos, con desorden pero con convicción, el país de Sarmiento se dispone a salir de las sombras de lo corrupto y comenzar a pensar en un nuevo formato de contrato social con el poder. La Argentina actual no está discutiendo la corrupción de la era K, no está develando "el mecanismo" corruptor, solo lo está poniendo en blanco sobre negro y está discutiendo cómo será su futuro, aceptando que la probidad ética es imprescindible, dejando atrás décadas de recorridos delincuenciales de una parte grande de la clase política que comulgó con el disvalor como valor principal. Argentina está en un cruce de caminos histórico.
El combate a la corrupción es una tarea que requiere entender cuándo este asunto es sistémico, captar que solo si se pescan los "peces gordos" la ciudadanía entiende que no van más ciertas prácticas delictivas, y simultáneamente construir una cultura democrática donde algunas referencias sociales y morales son relevantes.
Ser maestro en Finlandia es más aplaudido que ser empresario. Es un cambio de mentalidad el que hay que producir. Y eso se puede lograr si todos así lo entienden. Si permanece la cultura de la viveza criolla, de sacar provecho por detrás y de la avivada, al final esa microcorrupción minará el alma de la gente y todo seguirá exactamente igual. El cambio es cultural, social, masivo y nos incluye a todos. Sólo así cambian las sociedades.

Por Washington Abdala
Para Infobae

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