Los ángeles de la caja

Jueves 26 de abril de 2018
Apenas en la orilla del centro de la ciudad de Buenos Aires un hombre de la calle (home-less, ciruja, ayer linyera) vive en una caja de cartón que alguna vez fuera envase de heladera. Rara mezcla de cápsula espacial, vaina de planta o féretro que hubiese deslumbrado a Marcel Duchamp. Todas las caras de la caja están escritas con reflexiones lúcidas y dibujos simbólicos de este profeta de la vereda visado por los porteros vecinos. Como era martes una mano solidaria le arrima al visitante astronauta su ración de ravioles; entonces, sale, y se lo ve dispuesto a conversar. Retoma un tema de lugares que visitara seguramente en tiempos idos: “Misteriosamente... en una noche especial las veredas de Concordia se llenaron de cascarudos; en otra, parecida, los caminos de Casilda se llenaron de cuises, y en otra, también especial, miles de termitas emergieron de la tierra e hicieron su vuelo nupcial en una plaza de Misiones. Así, dijo, espero una noche “de esas” y que todos los ángeles de mármol de los cementerios vuelvan animados a la vida y vuelen; estos de acá (señaló al muro de Recoleta) al pie de los mausoleos y los de los sepulcros de Chacarita, y los de los techos de las bóvedas del cementerio de París (¿puedo yo sumar a los ángeles de La Piedad?). Imagínense la bandada que despierta al unísono. Esos jóvenes ingrávidos vibran, se desentumecen, alisan los pliegues de sus túnicas, agitan las alas, se rascan la cabeza y dejan esa pose melancólica al pie de las tumbas. Se cubrirán la mirada (porque son tan sensibles sus ojos cóncavos como los de los albinos) y se elevarán al alba en tal cantidad que se nublará el día y el sol será una sombra como en una mañana de eclipse. ¿Adónde van? No sé. Pero si las golondrinas vuelan a San José de Capristano y las mariposas van a California, mis ángeles volarán también a un lugar secreto. Pero falta, aún somos esclavos de la tristeza”.  Y se llevó ravioles y bandada al fondo de la caja.

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